¿Que entienden por Patria Agropecuaria estos sectores? Evidentemente, se esboza una especie de modelo en el cual todos los factores de poder, tanto los políticos como los económicos, estarían en manos del sector agropecuario generando un clima de “ahora se hace lo que nosotros queremos”. “Las vueltas de la agrocracia”, tituló una nota un matutino hace unos días, que aventuró que cuando la historia relate nuestro presente, lo hará refiriéndose a “un tiempo en que una corporación de ricos y satisfechos empresarios de la facción agraria de la burguesía prepotearon a un gobierno popular”.
Hay un importante sector en nuestra sociedad que siente al sector agropecuario como una amenaza y que lo estigmatiza en nombre de un pasado que ya no es. Son los detractores de la argentina agroindustrial y sus razones son ideológicas.
¿Es casualidad la permanente demora en la reglamentación de medidas ya varias veces anunciadas? ¿o que se haya vetado parcialmente la Emergencia Agropecuaria de la provincia de Buenos Aires, como también las emergencias provinciales; y que Scioli haya echado a su Ministro de Asuntos Agrarios, en la misma semana del paro agropecuario?
A partir del inicio de discusión por la Resolución 125, el campo y su dirigencia comenzaron un proceso que les permitió reconciliarse con la ciudad. Es un gran desafío; hasta entonces el sector era víctima de una preocupante crisis de representatividad que parecía no tener solución. Hasta marzo del año pasado, para la mayoría de los productores “las entidades estaban muertas”.
El debate de la 125 fue casi asombroso en dos aspectos estratégicos: logró unir al sector y abrió la puerta para una reconciliación con las poblaciones urbanas. Y esto último, lo reconcilió además con los medios. El campo fue noticia. Logró en 90 días lo que no pudo en décadas. La 125 humanizó el reclamo. Pero, aunque duró casi un año, los efectos de la 125 son todavía coyunturales.
Que se intente confundir a la mesa de enlace con oposición, o se instale una visión hegemónica de un grupo envalentonado por lo logrado hasta ahora –y frustrado por lo que falta conseguir-, puede transformar la visión de un campo con reclamos legítimos en un sector que corre el riesgo de reavivar imágenes del pasado, ya superadas.
Pero la realidad -que debemos cuidar- es que el reloj de la historia movió sus agujas, y hoy la producción y los productores poco tienen que ver con el colectivo imaginario de una oligarquía dominante. Es inevitable definir a la Argentina como un país agroindustrial. El sector agropecuario está comprometido con el País. Ya logró la producción de casi 100 millones de toneladas de granos sembrando 30 millones de hectáreas y generando ingresos para el país de alrededor de 35.000 millones de dólares. En estos años, de acuerdo a los datos de la Fundación Producir Conservando, el sector agroindustrial aportó el 44% de los recursos tributarios totales del Estado y fue responsable del 36% del empleo formal de la Argentina y de algo más del 60% de las exportaciones.
Sin embargo, la sensación es que todo esto se logró a pesar de políticas económicas que desalientan la producción y que no generan reglas de juego claras para atraer inversiones. Mientras que la Argentina dejó de producir carne, leche, trigo y maíz; nuestro país produce, según declaraciones publicadas por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna, “no menos de 3.500 pobres por día”.
Desalentar la producción agropecuaria no generó más riqueza, ni mejor distribución de los ingresos. Es un sofisma enfrentar a la producción agroindustrial con el desarrollo social. En la última década Brasil aumentó en 50 millones de toneladas su producción agrícola (de los cuales 30 millones corresponden a soja); en 45 millones de cabezas su stock ganadero (una cifra poco menor a todo nuestro rodeo vacuno); en 6.000 millones de litros su producción de leche (alrededor del 60% de nuestra producción) y logró aumentar al mismo tiempo el consumo (en 1,5 millones de toneladas) y la exportación (en 2,1 millones de toneladas) de carnes.
¿Hizo esto más pobres a los pobres de Brasil? Lo importante es que, al mismo tiempo, las políticas de distribución del ingreso y de educación aplicadas por el presidente Lula (algunas como el Plan Bolsa Familia fueron iniciadas durante la gestión de Fernando Cardoso) lograron que 27 millones de brasileros abandonen la pobreza y formen parte de la clase media de ese país. En sólo 5 años, y al mimo tiempo que Brasil vive un Boom Agropecuario, tanto de su consumo interno como de sus exportaciones.
Mientras el mundo enfrenta el desafío –y la necesidad- de tener que duplicar la oferta de alimentos para el año 2050; la Argentina parece frenar su sistema productivo, supuestamente en nombre de una “ideología”, o de un capricho muy difícil de comprender.
Ya no sólo se combate contra la producción; sino que el conflicto del campo y la nueva Ley de Radiodifusión (Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales), convergen en un falso paradigma hegemónico: luchar contra el “monopolio” de los medios de comunicación que sirvieron de órgano de difusión de los intereses del campo: “la agrocracia enfrenta el riesgo de ver dañado uno de sus principales instrumentos de lucha. Si el monopolio mediático retrocede, será para ella un poco más difícil construir realidad”, advierte un medio afín al gobierno… Mientras tanto, y mientras el reloj de la pobreza corre por horas en nuestro país; en la Argentina algunos sectores se debaten entre Ser o no ser un país agroindustrial.
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